ROMANCE DE LA VOZ Y EL CANTE TRISTES
 
              A Federico García Lorca
              con el ritmo de sus versos

Látigo de cuatro cuerdas
con cuatro puntas herradas
el camino se chasquea
con un galope la espalda.
Fina sombra era el jinete
negro que lo cabalgaba.
 
-Para, jinete, y socórreme.
-Quién eres tú que me paras?
-Yo soy la voz de un romance
que se quedó a media página.
-¿Su título?
-Federico;
su primer verso, guitarras;
su segundo, lirio y luna,
su tercer verso, gitanas,
membrillos en pleno otoño,
limón verde, negra jaca
y todo un mundo de amores
bajo un cielo de navajas.
 
El aire quedó un momento
afilando las espadas
contra la crin del caballo;
en los chopos se enredaba
todo el cielo como una
madreselva en flor de plata;
lejos del rio, la noche
su sinfonía ensayaba
en el clarín de los grillos
y en el trombón de las ranas;
y un horizonte de perros
ladraba, loco de rabia
al otro que,en el romance,
lejos del río ladraba.
 
-Ahora, dime, buen jinete,
¿quién eres tú?
-Una lágrima.
(Contestó, descabalgando
sus herraduras mojadas)
 
Una lágrima encendida,
una oscura, viva lágrima
que no se atreve a romper
el cerco de las pestañas.
 
Me llora dentro una pena
que no puedo hacerla lágrima.
Soy caminante de llantos
por caminos sin posadas
que, a lomos del cante, va
viviendo con lo que canta.
Soy soleá, seguiriya,
soy martinete, serrana,
una saeta sin rumbo
en un dolor sin distancia
y, en fin, soy un cante oscuro
que a medias quedó en la clara
garganta de Federico
en una negra mañana.
 
Dime si tú lo has visto,
dime en qué esquina, en qué rama,
si por caminos de lirios
o por senderos de espadas.
 
Dime, porque hasta encontrarlo,
me estallan, queman y braman
en ocho letras de sangre
ocho volcanes de rabia.
 
-Lo he visto con una novia,
pasadas aquellas zarzas;
sucia de besos y arena
del rio se la llevaba.
Lo he visto con otra novia,
¡Ay, aquella novia de agua
que iba con su larga cola
sola por su verde sala!
Lo he visto sobre un caballo,
verde de luna su cara,
ciñendo galán de torres
cinturas nunca estrenadas.
 
-Luego...¿no ha muerto?
 
-No ha muerto,
no, que está vivo en Granada.
Lo encontrarás en la cueva
forjando a golpes de gracia
sobre el yunque de la brisa
el metal de su palabra.
Lo escucharás en el Darro,
lo beberás en el agua,
lo aspirarás en el aire
fino de las enramadas;
y lo sentirás meciéndose
sobre las veletas altas
o en la blancura pequeña
de los jazmines del alba.
Por todas partes está
Federico con su alma
verde de verde limón.
luna lunera y sonámbula.
 
-¡Ay, voz de mi Federico,
novio de todas mis lágrimas!
Qué importa que tengas novias
en la flor y en las navajas,
en la espuma y en las torres,
en la acequia y en las fraguas,
si aún me vive, si aún lo puedo
encontrar en tu Granada
danzando, loco de duendes,
entre un corro de gitanas,
con una faja de lumbre
cosida bajo su faca.
¡Ay, voz de mi Federico,
novio de todas mis lágrimas!
 
Federico, hecho poema,
salió al paso en una jaca,
y cante y voz se subieron
en un salto a su garganta.
 
Látigo de cuatro cuerdas
con la punta asonantada,
el camino se chasquea
con un romance la espalda.
 
Y Federico, jinete
de cobre en flor, fustigaba
con una fusta de versos
la cintura de Granada.