DESPEDIDA
(con intención de epílogo)
 
Han conocido la historia
de un muchacho albaicinero;
que antes de abrirse en flor
se consumieron sus pétalos,
y del rosal arrancados
jamás florecer pudieron.
 
La historia de una mujer,
que madre tuvo la dicha
de un hijo dar a luz;
y mas tarde la desdicha
de ver que la misma vida
al vivir se lo perdía.
 
El embrujo de una plaza
que árabe fue en su origen,
y mas tarde castellana
en pie hasta hoy pervive
para encanto del que viene
a visitarla y gozarla;
que del Albayzin nombrada
se llama la Plaza Larga.
 
Concluiría así la historia
del romance que les cuento,
si no fuera porque faltan
algunos principales hechos,
y preguntas sin respuesta...,
que paso a relatarles.
Pues también portan mis penas
mis quejas y mis quimeras.
 
¿Qué empozoñada agua
regó la flor de aquel niño?
 
¿Qué brisa de aire maléfico
tronchó su talle de lirio?
 
¿Qué manos de jardinero
maltratador de las flores,
en vez de fértil mantillo
a sus pies sembró dolores? 
 
Fue la droga, señores,
origen del genocidio;
que a jóvenes y mayores
los condujo hacia el abismo.
 
Mas la droga no anda sola,
ni desde el cielo ha venido;
La trajeron unas manos,
y otras manos repartido
a un tan pobre muchacho
que por ella ha sucumbido..
 
Ahora si está completa
y verdadera mi historia.
Con su escenario sin par,
sus autores, su tramoya;
El Albayzin misterioso,
Francisco Javier, perdido,
su desconsolada madre,
las sentencias del abismo:
un mañana sin mañana,
la muerte sin compromiso....
 
Pero es relato inconcluso,
a pique de repetirse:
Francisco Javier ayer;
Pedro hoy; mañana, Felipe...
Páginas llenas de nombres
con tinta sangre se escriben
todos los dias del año
en un cruel "suma y sigue".,
 
Y quien consintió la droga,
quien la vista hacía laxa,
quien ganaba el oro fácil
que sus manos las colmaba...
Hoy pasean desmemoriados
de punta a punta la Plaza
buscando nuevas conquistas
y al horror encaminarlas.
 
Cuánto dolor, este tuyo,
ay, que dolor, Plaza Larga,
cuántos hijos perderán
aquellas manos manchadas.
 
Mas hay quien bien los conoce
-que Dios allí los aguarda-:
la madre que los observa
-si pudiera los mataba-
y quien les cuenta esta historia;
que de esa madre se apiada,
por el perdido implora,
y entre sus versos esconde
mal disimulada rabia.
 
Cuánto dolor, este tuyo,
ay, que dolor, Plaza Larga.;
cuántos hijos se perdieron
con esas manos manchadas.
 
Cuánto dolor, este tuyo,
ay, qué dolor, Plaza Larga.
Concluye pronto la historia
duquelas dañan mi alma.
 
Francisco Javier Mellado
Cortés, de mas noble casta.
Cortés, de recia familia.
De los Cortés de Granada.
Cortés, de hondo Albayzín.
Cortés, de la Plaza Larga.
Cortés, caló y clavel
que con fuego se encelaba...
Francisco Javier Mellado Cortés
-habitante de mis versos-
la justicia es mi esperanza
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Autor: Rafael Delgado Calvo-Flores